por Joaquín RochaPsicólogo especialista en Educación para la Comunicación
Hace poco, leí una frase que me pareció reveladora: "La esperanza no es un acto de libertad, sino un modo de ser". Un modo de ser que implica a toda la persona humana y cómo se vincula, cotidianamente, con los demás, con el mundo que la circunda y con el Dios en el que deposita su confianza.
Según Benedicto XVI, esperar es "una dimensión que atraviesa toda la existencia personal, familiar y social" del hombre, y esta esperanza "es la vida" de la persona.
Bien difícil se les hace a los hombres y mujeres de hoy vivir en esa esperanza, ya que, en la mayoría de los casos, cargan con una mochila de resignación, frustración y desesperación. Un pesimismo embarga sus vidas, motivado más en el tener que en el ser. No tengo, no soy.
Para algunos, la esperanza sólo surge como una sensación en situaciones determinadas y específicas, siendo más un estado de ánimo y no una actitud frente la vida. La confunden con el optimismo, ese pensamiento de que todo va a salir bien, sin una mirada realista y dejando todo en manos del destino o de que alguien haga algo por ellos.
La espera es un "acto" concreto respecto de un hecho definido. Estoy esperando "algo", "ahora". En tanto que la esperanza –como disposición habitual– no es un acto, sino una "actitud". Mi esperanza no se asocia definidamente con algo ni con un ahora concreto. La espera corresponde a la primera naturaleza del hombre y responde a su condición natural por ser temporal (dice referencia a su futuro); la esperanza corresponde a la segunda naturaleza y responde a una elaborada actitud que incluye fortaleza y libertad (Claudio García Pintos, "¿Qué es y qué no es esperanza?", Revista On Line San Pablo, n° 241).
Antropológicamente, así como el sufrimiento acompaña al ser humano desde siempre, así también la esperanza le hace encontrar un sentido y le concede la fuerza para seguir adelante. Le da la posibilidad de una transformación espiritual.
Por lo tanto, la esperanza no es una ilusión donde el ser humano se esconde o huye, es enfrentar los acontecimientos con verdadera fortaleza.
Si el sentido del hombre es vivir feliz, depende de cada uno trabajar por esa felicidad, descubriéndola en lo que lo rodea y construyéndola. La esperanza ayudará a hallar, en cada vivencia, una enseñanza, forjando un andamiaje para "ser feliz".
El Dr. García Pintos lo sintetiza afirmando que es un "noble impulso hacia la vida y lleva a vencer el desaliento de los callejones sin salida". Es decir, no pretende modificar la realidad de los hechos, sino que actúa sobre el modo de asumirlos. Se opone al "desaliento" que, muchas veces, inevitable e inicialmente, nos imponen las situaciones.
La esperanza es, por sobre todo, subjetiva y depende de la autoestima y la autovaloración, además del sentimiento de carencia que cada uno tenga con respecto a algo que desea obtener. Nadie puede esperanzar a otro, pero sí todos los seres humanos pueden ayudar a generar primero un entorno y después toda una sociedad, en la que, a través de la solidaridad, la confianza, el valor de las promesas, la asertividad y la escucha activa, se cree un ambiente propicio para que se eleve el nivel de esperanza.
La desesperanza actúa en forma contraria. Pueden desesperanzarse unos a otros. Se puede contribuir a la desesperanza de otros. Hoy se vive rodeado de "desesperanzadores".
Alejandro Gándara, en su artículo "Desesperanza" (blog.elmundo.es), acertadamente comenta: La desesperanza es, para unos, un quiebre en el camino de la esperanza, de la salvación. Para otros, un estado a alcanzar tras la erradicación de la esperanza (...). La desesperanza es negativa para quien no ve llegar lo esperado: el hombre desesperado. La desesperanza es afirmativa para quien nada espera: el hombre desesperanzado, pero no desesperado.
El desesperado es aquel que ha roto la promesa de espera y se impacienta porque ve la imposibilidad de realizar su deseo en el presente. El desesperado es alguien desgarrado, que ya no tiene ninguna confianza en lo que le espera ni en los demás, para quien el otro se convierte finalmente en infierno.
El desesperanzado no es un desesperado en el sentido arriba mencionado, sino alguien que ha hecho un trabajo por apartar de sí toda esperanza. La desesperanza es el presente mismo. Nada que esperar de nada. Pero también nada que temer. Desesperanza: no hay otra salvación que renunciar a toda salvación.
A aquéllos que depositan su confianza en Dios Padre no les cuesta encontrar razones para su esperanza. Descubren en ella una fuente de energía para tomar la vida desde otro lugar y poder enfrentar una sociedad donde todo es posesión y competición. Es una esperanza que no invita a esperar desde la inmovilidad del ser, sino como peregrino y constructor de un mundo mejor.
Fuente : Revista San Pablo On Line
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